LA COLUMNA DE "YO VENGO AQUÍ A HABLAR DE MI LIBRO".

 Por el Abuelo

 

CRISIS... ¡QUE PUTA CRISIS!

Allá donde vaya la crisis me persigue, en forma de hipotecas que aplastan mensualmente las economías particulares de los que me rodean, en forma de salarios que no suben y que en muchas ocasiones no son justos y acordes a los servicios prestados y a las horas trabajadas. Luego un miserable limón ha triplicado su precio en el supermercado, en el pub de la esquina continúan sirviéndome cubatas de garrafón que valen casi el doble que antes. Enciendo el interruptor de casa apesadumbrado y cuando los últimos rayos de sol ya han caído con la tarde porque la factura de la luz también ha subido. Me compro el pan y no quiero saber la equivalencia en pesetas porque sino me pongo de muy mala leche, leche que parece también ha subido ¡lLa leche!, valga la redundancia, ¡Échale huevos! Bueno mejor no que también están por la nubes... hasta las expresiones del lenguaje común se encarecen con la crisis. Me dan ganas de volar una gasolinera por los aires a ver si el precio del maldito combustible del que beben los caballos de nuestros coches acaba de subir hasta el infinito.

Solo tienes una opción, endeudarte. Existen desde mi punto de vista dos tipos de endeudamiento el de corto y el de largo plazo. El de corto plazo es de fácil consumo (al menos hasta esta última crisis financiera), es como una droga que produce efectos efímeros y que no arregla problemas de fondo de tu estructura económica precaria. Si abusas mucho de el se puede volver crónico es decir puede tornarse en un endeudamiento a largo plazo.

A largo plazo, el endeudamiento supone un esclavismo casi atávico con la entidad financiera que te presta el dinero, una relación feudal entre vasallos y señores financieros que puede prolongarse hasta casi los umbrales de tu vida útil. Uno puede igualmente cambiarse de bando, si es que el problema se trata de cambiar de bando, que no lo creo y montar un negocio. Ahora bien es conveniente convertirse en una gran empresa para estar más guarecido a la hora de recibir los palos de la crisis y nuestro país es un país de pequeñas y medianas empresas.

Por otro lado y obviando otras alocadas conclusiones no todos podemos ser empresarios o autónomos, además existen personas que no son emprendedoras y no les apetece montar un negocio, no es una cuestión de rentabilidad, es una opción personal y eso que en nuestra sociedad actual los poco emprendedores son casi considerados una especie de “borralla social”.

Los gobiernos se defienden escudándose en la globalidad de los malos tiempos económicos que afectan a numerosos países del mundo y en su escaso poder de intervención en el mercado, ya que en el funcionamiento de mercado no se puede intervenir salvo urgentísimas excepciones.

Finalmente los que más se beneficiaron de los tiempos de la bonanza económica, constructoras, promotores inmobiliarios, entidades bancarias, empresas eléctricas y empresas petrolíferas declaran desastrosa su situación y los rendimientos de su cuenta de pérdidas y ganancias.

De este análisis se sonsaca que no entiendo nada y además cada vez estoy de peor humor intentando extraer conclusiones para buscar soluciones que nos ayuden a salir del atolladero económico. He decir que nunca creí en el mercado, ni en sus reglas de partida injustas ni en su equilibrio natural, ni en los abyectos liberales que confundían la libertad de mercado con alguno de los derechos fundamentales de los seres humanos.

Por culpa del perverso funcionamiento del mercado muchos derechos fundamentales se ven cercenados a diario en multitud de países del mundo. Sobra decir que cada diez segundos alguien se muere de hambre y que hay niños de seis años trabajando en minas y recogiendo basura en enormes vertederos etc, etc.

La especulación y la concentración de capital se han convertido en los motores que están empujando un nuevo ciclo de desarrollo del sistema capitalista, que afecta de una forma global a todos los ciudadanos sin ningún tipo de discriminación. La concentración de capital fue siempre el fin último del ideario capitalista desde que comenzara allá por la baja Edad Media, con el comercio en ciertas ciudades portuarias de los Países Bajos. Sin embargo la especulación con los capitales que asegure la rentabilidad en forma de beneficios puede ser más o menos moderada en aras del bienestar de la sociedad a la que afecte.

Está claro que al intermediario encargado de distribuir los limones en el mercado le da igual pagarle por ejemplo al agricultor veinte céntimos por el kilo de limones y vendérselos a los comercios por un euro. En esta escalada de precios se cubre todo lo necesario para que ese intermediario cubra sus gastos y obtenga un beneficio razonable pero el intermediario además se embolsa ese plus de más que envenena toda la cadena de valor del producto que estamos tratando. No quiero hablar de la especulación en el sector inmobiliario porque entonces si me cabreo. Un quinientos por cien por ejemplo, total todos podemos ir debajo de un puente a vivir como Carpanta. La avaricia rompe el saco y las empresas constructoras y promotoras vieron la gallina de los huevos de oro endeudándose cada vez más y más para morir de éxito, debiéndole inexplicablemente con sus opíparos beneficios pasados cantidades ingentes de dinero a las entidades financieras. El estado no interviene porque el exceso de regulación en el mercado redunda negativamente en la economía. En resumidas cuentas no puede influir ni en el precio del combustible, ni de las viviendas o de los limones...

...aunque debería.  

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